
Columna de opinión por Carla Valdebenito, organizadora del Santiago Wedding Summit y wedding planner de Rhonda.
Con una geografía única en el mundo —que va desde el desierto más árido hasta imponentes glaciares, pasando por viñedos, montañas, lagos y playas—, Chile reúne condiciones excepcionales para convertirse en un destino de referencia en el turismo romance. A esto se suma una infraestructura hotelera de alto nivel, servicios gastronómicos de excelencia y una red de proveedores que destacan por su creatividad y profesionalismo.
Durante la última década, la industria de bodas ha crecido de forma sostenida, impulsada principalmente por el sector privado. Diseñadores, banqueteros y productores de eventos han elevado los estándares y hoy crean experiencias capaces de competir con los mejores destinos del mundo. Y sin embargo, la proyección internacional del rubro sigue siendo limitada.
Esa falta de visibilidad responde, en gran parte, a la escasa articulación entre el mundo público y el privado. Mientras otros países de la región han implementado estrategias de promoción y políticas de incentivo claras para posicionarse como escenarios ideales para matrimonios de destino, en Chile aún no se consolida una hoja de ruta que impulse ese objetivo.
El turismo romance no es solo una oportunidad económica relevante: también promueve la imagen del país, dinamiza comunidades y permite exportar servicios creativos de alto valor. Ignorar su desarrollo significa dejar de lado un motor de crecimiento con enorme proyección internacional.
Con talento de sobra, paisajes inigualables y una oferta cada vez más sofisticada, el desafío está en coordinar esfuerzos, generar instancias de promoción y asumir con decisión el potencial de este sector. El momento de actuar es ahora: el mundo busca experiencias auténticas y memorables, y este rincón del sur del mundo tiene todo para ofrecerlas.
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